En la entrega de los premios René Cassin de Derechos Humanos 2015, como impulsado por un resorte, el lehendakari Iñigo Urkullu se acercó enérgico hasta el público para reprender a uno de los asistentes que mostraba una banderola a favor del acercamiento de los presos políticos vascos.
Aquel foro, dijo, no era el lugar adecuado para esta reivindicación. Y, pregunto yo, ¿cuál entonces? ¿Se sintió molesto? Pero, exactamente, ¿qué le molestó: la banderola en sí –como acto de rebeldía en un acto institucional- o como alegoría, como objeto de memoria que le recordaba la participación del partido que lidera en la dispersión? Gehiago Irakurri



